En escritura persuasiva, y últimamente también para que no se note que un texto lo ha escrito una IA, se ha extendido la idea de que conviene cometer alguna que otra falta de ortografía. En el primer caso, funciona como una especie de gatillo mental de neuromarketing: quien lo lee puede llegar a pensar que estás tan ocupado que ni siquiera tienes tiempo de revisar bien lo que redactas. ¿El motivo de este «truco»? No dar abasto suele interpretarse como una señal de éxito entre quienes viven de su marca personal. En el segundo caso —el de la inteligencia artificial—, la errata sirve para aparentar humanidad, funcionando como una supuesta evidencia de que detrás se esconde una persona y no una máquina.
Para alguien tan perfeccionista como yo, que además tiene experiencia en el mundillo editorial, eso resulta casi impensable. Cometer faltas ortográficas a propósito me parece una contradicción en sí misma, pero, por lo visto, funciona —o eso dicen los gurús del marketing agresivo—.
El otro día, hablando con un elaborador, me comentaba que su producto no era perfecto visualmente. ¡Y bendito sea que no lo sea!, porque esa pequeña imperfección es precisamente una señal de que hay manos detrás. Sí, manos, no máquinas.
Durante varios años trabajé en la industria alimentaria y allí, en fábrica, todo tenía que ser igual. Cualquier pequeño fallo estético se descartaba, ya fuese en el producto o en el packaging, aunque no afectase en absoluto a las propiedades del alimento.
En ese contexto sí tiene sentido que sea así —por cuestiones de consumo en las que ahora no entraré—, pero cuando hablamos de pequeños productores, de quienes elaboran en un espacio reducido y envasan con cuidado, con mimo y casi pieza a pieza, la lógica es otra. Aquí es normal que no todo sea homogéneo. De hecho, esa falta de uniformidad forma parte del encanto, porque lo artesano no necesita parecer perfecto para ser bueno.
A veces, una forma irregular, una etiqueta colocada con una mínima diferencia o una pieza que no es exactamente igual a la anterior transmiten mucho más que una apariencia impecable. Cuentan que alguien ha estado ahí, que le ha dedicado tiempo y ha dejado su huella.
La impronta artesana se percibe en el sabor, en la textura, en el aroma, en el conjunto. En esa sensación de estar ante un producto que no busca parecer industrial, sino ser auténtico. Y es que no es lo mismo cometer una falta a propósito para parecer humano que dejar que se note, de verdad, que ha habido una persona detrás.
Lo primero es estrategia, lo segundo, dedicación. Quizá por eso me cuesta tanto aceptar la imperfección impostada, pero me emociona tanto la imperfección honesta, esa que no se inventa para vender más y que aparece porque alguien ha pensado y cuidado cada paso del proceso, a la vez que ha transmitido el saber de un oficio con sus manos.
Divulgadora gastronómica & Gestora cultural
Comerse Asturias
© Cristina Parajón | Comerse Asturias