Hace unos días nos dejaba Carlo Petrini, y con él, una forma de mirar el mundo.
Fundador del movimiento Slow Food, defendió algo que parece sencillo, pero que cada vez resulta más revolucionario: comer con conciencia. Saber de dónde viene lo que comemos, cómo se produce, quién lo elabora, qué cultura hay detrás de cada plato.
Personalmente, me siento muy alineada con esta filosofía. No desde la superioridad moral, porque sería hipócrita decir que nunca caigo en la comida rápida. Muy de vez en cuando también sucumbo, aunque he de reconocer que no salgo de la marca del payaso. No porque las demás me parezcan peores, sino porque, en el fondo, hablamos de lo mismo: comida rápida, barata en apariencia y carísima si pensamos en salud, territorio y cultura.
Cadenas de comida rápida, platos ultraprocesados, franquicias clónicas, menús diseñados más para la rotación que para el cuidado, bandejas listas para llevar que prometen comodidad a costa de borrar el origen del producto… No hablo de darse un capricho puntual; el problema aparece cuando eso empieza a sustituir de forma habitual a una manera de comer mucho más nuestra y más consciente.
El año pasado, en un congreso de marketing digital, una ponente vinculada a un restaurante asiático situado cerca del mayor centro comercial de Asturias contaba que ya habían tenido que ampliar el local y que, tal como iban las cosas, probablemente tendrían que volver a hacerlo. Y no hablaba precisamente de añadir dos mesas. Todo un ejemplo de la velocidad a la que ciertos modelos de consumo crecen y se normalizan.
Mientras tanto, vemos cerrar sidrerías y abrir franquicias. Cambian los hábitos y, con ello, nuestra relación con la comida.
La cuestión no es que un plato sea asturiano, japonés, chino, turco o americano, sino que la comida se convierta en un producto anónimo, estandarizado y desconectado de quien lo cultiva, lo cocina y lo sirve. Porque, sí, lo tradicional también puede perder sentido si acaba convertido en simple decorado o en producto sin alma.
Es verdad que la inflación pesa. Comer fuera se ha encarecido y no todo el mundo puede permitirse ciertas opciones. No se trata de señalar decisiones individuales, sino de preguntarnos qué modelo estamos normalizando.
Porque aquí, en Asturias, todavía podemos presumir de cultura gastronómica popular: una tapa y una botella de sidra por apenas unos euros más que un menú grande completo de comida rápida. Un par de pinchos y un botellín de agua, incluso por menos. Y menús del día que, buscando un poco, aún pueden encontrarse a precios razonables en algunos locales.
Si bien conviene desconfiar de los menús diarios excesivamente baratos, porque nadie da duros a cuatro pesetas —la calidad tiene un coste—, aun así, muchas veces esas opciones siguen siendo más honestas, más nutritivas y más nuestras que cualquier bandeja de comida ultraprocesada o lista para llevar.
La pregunta es fácil: ¿sabemos realmente lo que comemos?
Porque comer no es solo llenar el estómago. También es elegir qué modelo apoyamos, qué negocios queremos que sobrevivan, qué cultura queremos conservar y qué relación queremos tener con nuestro cuerpo, con nuestro territorio y con quienes producen lo que llega a la mesa.
Quizá el mejor homenaje a Petrini sea ese: parar un momento, mirar el plato y preguntarnos qué historia hay detrás.
Divulgadora gastronómica & Gestora cultural
Comerse Asturias
© Cristina Parajón | Comerse Asturias