Lo sé: con este post voy a abrir un melón, a pesar de que soy poco de polémicas. Así que antes de empezar con el alegato, en mi defensa diré que el objetivo no es otro que aclarar las diferencias y matices que separan a un crítico gastronómico de un influencer gastronómico. Porque aunque parezcan lo mismo, más en la era de Instagram y TikTok, para nada lo son.
Nota aclaratoria: entiéndase por influencer gastronómico aquel que sube contenido a redes comiendo frente a la cámara y «sienta cátedra» con veredictos del tipo «me gusta», «no me gusta», «está bueno», «no hay quien lo coma». Expresiones básicas válidas tanto para la hamburguesa de un campeonato callejero como para un estrella Michelin.
Hace unos meses tuve la suerte de poder charlar en un evento con un gran referente a nivel internacional en materia enogastronómica. Al comentarle que me estaba formando como crítica —lo hice en Gastroactitud—, me dijo que, si bien la opinión final siempre iba a tener un punto subjetivo dentro de la objetividad, para poder opinar con criterio el conocimiento de la materia es fundamental.
Parto de la premisa de que opinar podemos —y debemos— hacerlo todos. Faltaría más. Cualquiera que se siente en una mesa, pague una cuenta y viva una experiencia gastronómica tiene derecho a decir si le ha gustado o no, si volvería o si aquello no era para tanto. Pero una cosa es compartir una impresión y otra muy distinta ejercer la crítica.
La crítica, entendida como oficio, exige conocimiento, vocabulario, contexto, criterio y una mirada entrenada. No se limita a decir si algo está bueno o malo: explica por qué funciona o por qué no, si hay técnica, coherencia, producto, discurso y una experiencia que sostenga lo que el restaurante promete. Y, bien ejercida, no busca destruir, sino aportar: al lector, al restaurante y al propio sector.
Internet ha democratizado la opinión, y eso es positivo, pero también ha difuminado algunas fronteras. Igual que un crítico literario no es lo mismo que un bookstagramer, un crítico gastronómico no es lo mismo que alguien que acumula seguidores subiendo vídeos de restaurantes. Tener alcance, ser imagen de una marca o editar contenido digno de un Óscar se llama marketing. Muy legítimo, sí, pero no crítica. La crítica saber mirar, interpretar, comparar, argumentar y explicar.
En crítica, el protagonista no es quien escribe, sino aquello sobre lo que se escribe: el producto y quien lo elabora, el plato y quien lo cocina. La mirada del crítico está puesta ahí, en la materia prima, el origen, la técnica, el proyecto, su alma y el oficio.
En muchos contenidos gastronómicos de redes, el influencer acaba siendo el propio producto: aparece más su cara, su gesto, su reacción o su frase que el plato del que supuestamente está hablando. Y no es una crítica moral, sino una cuestión de foco. Su contenido gira alrededor de su personaje; la crítica, en cambio, debería girar alrededor de lo que analiza.
Los críticos ponemos en valor el producto, el plato y a sus verdaderos protagonistas. Salvo que desempeñemos un papel concreto dentro de la situación, lo normal es quedarnos detrás de la cámara —o de la libreta— para mirar mejor. Queremos entender qué hay detrás, de dónde viene, quién lo hace posible y por qué merece ser contado.
Así es, el universo de las estrellas Michelin está reservado a unos pocos. Pero reducir la crítica gastronómica a esa imagen casi cinematográfica del inspector anónimo sería quedarse en una parte muy pequeña del oficio. Porque, además de valorar restaurantes, también se puede analizar, contextualizar, divulgar y poner en valor todo lo que rodea a una cultura gastronómica.
En mi caso, por ejemplo, movida por mi perfil de gestora cultural y mis propias inquietudes personales, divulgo sobre gastronomía asturiana. Cuento nuestros productos, explico quiénes los elaboran, reivindico oficios, territorios y materias primas que no siempre ocupan el foco.
Y es que la crítica no solo ocurre en una mesa, también cuando se interpreta un paisaje, una tradición, una despensa o una forma de hacer.
Ahora bien, como al igual que los influencers trabajo con un móvil —bendito invento para documentar, escribir, grabar y compartir—, en alguna ocasión he tenido que escuchar aquello de «ahora todo el mundo se cree que es crítico gastronómico». Qué le vamos a hacer, gajes del oficio.
En absoluto. Cada uno tiene su función y se dirige a públicos diferentes. Puede parecer el mismo público, sí, pero no siempre lo es, aunque coincidamos en quienes buscan recomendaciones, descubrimientos y contenido gastronómico.
El problema no está en que existan los influencers gastronómicos, sino en confundir su papel con el de la crítica. En defensa de los primeros diré que pueden funcionar muy bien como prescriptores: descubren sitios, generan conversación y acercan la gastronomía a públicos que quizá no llegarían a ella por otros canales. Pero ojo con cruzar la línea roja y que les dé igual ocho que ochenta. Con esto me refiero a aceptar colaboraciones de todo tipo, moverse solo por dinero o recomendar sin criterio lugares que quizá no están a la altura de lo que se cuenta de ellos.
Una cosa es compartir una experiencia personal y otra valorar un proyecto gastronómico con todas sus capas.
Así pues, los críticos no nos quedamos únicamente en el «yo fui, yo comí, a mí me gustó». Divulgamos, difundimos y damos a conocer productores, cocineros, tendencias, territorios y formas de hacer. Nuestra figura se mueve en un lugar intermedio entre el periodismo gastronómico y una escritura casi literaria, porque además de informar, también interpretamos, contextualizamos y contamos.
Ni los críticos gastronómicos sentamos cátedra ni todos los influencers carecen de criterio. Lo que está claro es que juntos, pero no revueltos, porque ambas figuras pueden convivir, incluso complementarse.
La gastronomía necesita voces diversas: quien descubre, quien prescribe, quien divulga, quien analiza y quien pone palabras a lo que ocurre alrededor de una mesa. Pero también necesita honestidad, responsabilidad y cierta conciencia del lugar que ocupa cada uno. Al final, no se trata de enfrentar mundos, sino de entenderlos. Y, sobre todo, de llamar a cada cosa por su nombre.
Divulgadora gastronómica & Gestora cultural
Comerse Asturias
© Cristina Parajón | Comerse Asturias