Como consumidora, estoy muy concienciada con el origen del producto. Podría interpretarse que es por deformación profesional, pero en realidad es algo que cuido desde niña. Tanto es así que incluso he dejado de comprar en establecimientos cuyos productos frescos no eran nacionales, habiéndolos en España.
Este es un tema que, sinceramente, me toca bastante la fibra —y las narices—, pero ya hablaré de ello en otro momento.
A lo que iba. Mi interés por saber de dónde viene el producto que voy a comprar me lleva, a menudo, a estudiar con detenimiento los carteles de las piezas en pescaderías, fruterías y carnicerías: zona de captura, certificaciones, país de procedencia… De esta manera, puedo garantizar que lo que me llevo a casa cumple con los criterios de lo que quiero consumir.
Más que una clienta que se preocupa por ser fiel a sus principios —y por su salud—, a veces tengo la sensación de ser una «oveja negra» dentro de las tiendas y supermercados, pues no sería la primera vez que siento ojos clavados en mí cuando me acerco al mostrador para comprobar datos o consulto a la persona que me atiende algún detalle de las etiquetas de trazabilidad que no me ha quedado claro.
Y es que, si una información no figura en la etiqueta del producto, el consumidor no tiene por qué conocerla y debe preguntar.
No obstante, dar por hecho que la sabe ocurre a menudo, sobre todo en grandes cadenas: la persona que despacha conoce todo —o casi todo— sobre el género e, inconscientemente, da por sentado que quien tiene enfrente, también.
Así pues, este artículo surge a raíz de una «anécdota» que me ocurrió hace unos días mientras hacía la compra semanal en el supermercado de una gran superficie.
Frente a mí tenía diez variedades de pescado —número de ejemplo—, en ocho figuraba visible y bien en grande que se habían comprado en una rula asturiana, y en los otros dos no se indicaba por ningún lado. Lo lógico —en mi opinión— es pensar que, si no se muestra, es porque se han adquirido en una rula de fuera de Asturias. Porque, sí, utilizar el origen del producto como reclamo de marketing sucede a menudo, pero eso lo dejo también para otra ocasión.
Stand de Makro en Madrid Fusión 2026
Sin embargo, no era así: pedí el producto especificando que quería el procedente de la rula asturiana, y el pescadero me comentó que los otros dos pescados —de igual especie que el que yo había pedido— también habían sido comprados en la misma rula que los demás. Se ve que, por estrategia de ventas, la palabra «oferta» ocupaba el lugar en el que debería figurar la rula y, por ende, se omitía ese dato.
Y es que, con los precios encarecidos, a la hora de captar la atención del comprador, el coste pesa más que el condicionante local.
Algo similar me ocurrió en panadería, con apenas 5 minutos de diferencia.
Tras el cristal del mostrador se presentaban diferentes variedades de pan, cada una con su respectivo cartel. Entre ellas, hogaza de masa madre.
En esta ocasión no sería yo quien preguntaría, sino la panadera: «¿Cuál de masa madre? Este y este otro también lo son». Sin embargo, los clientes solo veíamos uno rotulado como masa madre. Los que ella me señalaba tenían otro nombre y no indicaban en ningún lugar «masa madre».
Un etiquetado poco preciso, como en este caso, puede dar lugar a confusión, tanto en el vendedor como en el comprador.
Ambas situaciones conducen a la misma conclusión: el consumidor no es —ni debe ser— adivino. Un etiquetado correcto evita preguntas y genera la confianza suficiente en el cliente como para saber qué va a meter a su cesta, ofreciendo información clara sin tener que interpretar. A su vez, también facilita el trabajo a los vendedores, ya que minimiza las consultas repetitivas, evita explicaciones innecesarias y agiliza la atención al comprador.
No se trata de exigir más de la cuenta, sino de reclamar algo tan básico como una información visible, completa y comprensible.
Divulgadora gastronómica & Gestora cultural
Comerse Asturias
© Cristina Parajón | Comerse Asturias